LADRONZUELOS DE SENTIMIENTOS
El niño, de unos seis años, aflojó el paso hasta colocarse justo al lado de los abuelos. Cuando vio que sus progenitores estaban distraídos con las compras, tiró de la chaqueta del abuelo para llamar su atención. Con una mirada de corderito degollado señaló uno de esos muñecos disfrazados a lo “Rambo”. Los abuelos sonrieron y se miraron entre ellos como diciendo, ¡qué le vamos hacer!, y cogieron el juguete para dárselo. Los padres dieron la vuelta y antes de que pudieran oponerse a tan “importante” compra, el pequeño diablillo ya caminaba con una sonrisa de oreja a oreja y su juguete entre los brazos. Los niños son unas criaturas dulcemente malignas. Conocen a la perfección los secretos para robar los sentimientos de los mayores. Cuando quieren algo, son cariñosos y persuasivos. Se ponen pesados y repiten constantemente lo que quieren hasta hacer perder la paciencia. Si ven que tras las cantaletas no consiguen su propósito, esperan la visita de los abuelos. Saben con seguridad que los abuelos consienten a los nietos.
Pueden llegar a ser adorables. Nos roban el corazón cuando están dando sus primeros pasos. Caminan como patitos, con exagerado contoneo y un meneo de caderas muy gracioso. Nos roban la sonrisa cuando recitan la última canción que han aprendido en el colegio o cuando hacen una de sus payasadas o intentan pronunciar una palabra difícil de vocalizar. ¡ Ah!, pero muchos cuidado con sus trastadas, ocurrencias o sinceridad. Quitan la paciencia, en muchas ocasiones. Si están jugando con la pelota, de un momento a otro, provocarán algún estropicio; pueden romper el retrovisor del coche del vecino o pueden pegar un balonazo en la cara a Maruja, la portera. Entonces, los metes con un grito en casa, los sientas en el sofá y les das unos colores para que pinten en un folio y se queden tranquilos por unos minutos. ¡Eso sí!, que tengan claro que deben dibujar en el papel, porque si les entra la vena artística pueden que necesiten un espacio más amplio, como las paredes blancas del salón.
La curiosidad es su principal característica , lo quieren saber todo de todo y hay días que no paran de hacer preguntas: ¿por qué el cielo es azul?, ¿adónde va el agua de la lluvia?, ¿por qué no tengo un hermanito?... Cuando el niño hace de investigador lo más peligroso, las visitas. Más aún si la visita en concreto es un amigo con problemas de calvicie. El pequeño lo saluda, obligado, con un beso en la mejilla y a continuación comenta en voz alta: ¡Oye!, ¿por qué no tienes pelo en la cabeza? Aquí ya te ha robado el último suspiro. Sólo queda dedicar media sonrisa al tu adorable monstruillo y decir al amigo: ¡cómo son estos críos!